Grandes campos, pequeños comerciantes

por Delfina Bertrand

Un informe publicado recientemente por la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias, ODEPA, destaca que la producción orgánica se desarrolla en 179 países, con una superficie total  de 90,6 millones de hectáreas. Argentina, fiel a su tradición agraria, es el segundo país con mayor superficie orgánica certificada a nivel mundial  con 3,1 millones.

Estos números que comienzan enormes en el campo terminan finalmente comercializándose de manera artesanal y muy personalizada. Un ejemplo claro es el emprendimiento de Angie Ferrazzini, Sabe la tierra, que nuclea la comercialización en ferias de un abanico de orgánicos que va desde diseños, alimentos y maquillaje.

Haber pasado del proyecto a la acción, fue un trabajo de varios años donde se investigó temas sobre la alimentación teniendo una cosa clara: Hacer una exposición o crear un mercado, explica Ferrazzini nacida en el campo y comunicadora social. “Empecé a ponerme en contacto con productores, ferias. Todo lo que estaba relacionado con lo gourmet. Así, tratando de ver que era lo que a mi realmente me interesaba de la alimentación”.

Su preocupación se sumaba a la de muchos: hay una corriente de personas que ya eligen alimentarse de manera más saludable, que tienen la información y cada vez se ve una mayor difusión de lo dañinos que son los agroquímicos. Aquellas personas que tienen un buen poder adquisitivo, tienen mayor alcance que otros debido a que algunos de estos productos, son más caros que los que podemos encontrar en el supermercado. “Pero la calidad es totalmente distinta” afirma la fundadora de Sabe La Tierra, quién a la vez añade valores a este tipo de trabajo como el comercio justo, el hecho de que no haya trabajo infantil, los derechos igualitarios y la cadena corta de producción (el productor directo al cliente), lo que implica una comercialización uno a uno y cerca del lugar de producción.

Más centrados en su propia producción pero con los mismos valores saludables, es el caso de Boti – k, un emprendimiento destinado a realizar una línea de productos de cosmética 100% natural. La historia de la empresa está ligada a la historia familiar: “Nuestro hijo tiene una gran intolerancia alimenticia y una gran sensibilidad a los químicos sintéticos. Lo primero que nos dijeron los médicos es que no podía comer nada envasado”, comenta Ignacio Conde, creador de Boti – K.

Buscar las mejores materias primas en el mundo, como lo hacen en Boti-K implica una estrategia muy fina. Y desarrollar formulaciones nuevas innovando en un mercado y una industria siendo tan conservadora, también es una tarea lenta y muy costosa. En este camino las certificaciones sirven para garantizar que un producto es sin TACC, libres de químicos sintéticos, entre otros. Pero son muy costosos y lentifica mucho el desarrollo. Aún así, el premio es grande: “Cada vez que logras un producto nuevo o uno mejor, te llenas de entusiasmo. Este entusiasmo te lleva a empujar para adelante con cada nuevo desafío”. – asegura sonriente Ignacio

Angie también habla de los certificados para garantizar la producción orgánica, otorgados por varios certificadores en la Argentina. El resultado es productos que hoy se consumen por un cambio de conciencia, pero poco a poco para muchos también son una necesidad.

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