La gente moría por el diario de papel, era maravilloso

Por Iñaki Zubiaur

Él se levanta temprano y, mientras todos los demás duermen, sale. Camina dos o tres cuadras, mirando la mañana tibia y llega. Abre la puerta, saluda a los mozos mientras se acerca a una mesita, a costado de la entrada, de donde toma, no son dificultad y algún tironeo, tres pilas de papeles largos, algo prensados. Desde lo lejos, apoyado con un brazo en la barra, el mozo, que luego le serviría un cortado y una medialuna, lo mira y siente, con él, la tinta pegadiza entre sus palmas, la sequedad del papel, la pizca de frustración cuando las hojas de los diarios, que estaban abiertas en dos, vuelven a quebrarse y caen. Él hombre lee y lee, un crimen en Ituzaingó, un escándalo monetario en Wall Street, un accidente aéreo; más tarde un gol de tal o cual jugador, una formación particular, una carrera de caballos desafiante; un detallado vistazo a los nombres con crucecitas o estrellitas arriba, la idea de viudos llorando, de hijos peleando herencias; otras veces, algún chisme sobre las actrices y los romances que van y vuelven… hasta la contratapa: el crucigrama, las notas de lectores, los chistes.
El diario era una sensación. El diario era muchas mañanas ¿Qué nos pasó? ¿Qué es lo que cambió? En realidad no es que algo haya cambiado en las salas de redacción, en los medios, y entonces todo esto mutó, es al revés: algo nos cambió a nosotros y entonces (necesariamente) a los ambientes tradicionales de producción de los medios. “Hoy si uno no mira qué quiere el receptor, está complicado”, dice José Del Rio, Secretario General de Redacción de La Nación, “diario tradicional en transformación”, cito, que “cerró la planta de impresión pata invertir en mayor medida sobre la producción de contenido web y su plataforma”.
¿Qué es lo que pasó? ¿Por qué un medio de semejante imponencia no sobrevive si no es que observa y escucha a sus usuarios? ¿Qué es lo que quiere el consumidor hoy, distinto a lo que era antes, ese papel largo, incontrolable y lleno de letritas impresas? Lo que pasó es un hecho harto revolucionario, en todo sentido: internet y el (¿maldito o bendito?) celular, que tal vez esté mirando en este momento.
Sí, ya sabemos que el internet nos cambió la manera de percibir el mundo (como el ferrocarril hace ya algunos siglos), pero pensemos en el celular. “El celular es la lectura a la mano”, es “leer luz”, dice Miguel Wiñazki, editor de Clarín, “es nuestro entorno y es adictivo”, afirma Daniel Haddad empresario mediático, miembro fundador y director de Infobae. Vivimos en una época donde la noticia y el periodismo en sí sufren graves cambios, quizá con muchas ventajas. Hablamos de una competencia distinta para llegar al lector/usuario, la “competencia por la atención”, dice Haddad.
¿Qué es lo que quieren los usuarios? Estamos en la época que todo es tan accesible y todos tan cómodos que necesitan todo ya, en la mano, y, si no, habrá otro que los satisfaga, no hay una competencia tan grande en contenido, por ejemplo, porque éste se difunde. Existe, por otra parte, una segmentación del público, con una especificación y una posibilidad de obtener datos tan grandes que si al usario le interesa más los dramas de algún personaje de la farándula, verán más de eso que del dólar o la política, y el medio lo sabe (o tendría que saberlo) y aprovecharlo. Este es un gran punto de cambio, un quiebre en la producción para ese público casi invisible, que se pensaba hace ya algunos años, hacia uno completamente conocido (en algunas indagaciones de datos, se conoce por ejemplo la localización exacta del lector virtual) y, toda esa información, es muy valiosa a la hora de luchar por la atención de unos cuantos. Los que no lo entiendan, quedan fuera, quedan en la historia, nos dieron a entender Haddad, Wiñazki y Del Rio.
Hay cambios mayores: en el periodismo, la tarea de los profesionales muta y muta y muta. Hoy pueden servirse del video de un hecho para producir contenido, por ejemplo (pensemos en el caso Olivares) ¿Dónde quedó la tarea del periodista? Cambió y seguirá cambiando. José Del Rio cuenta que, en el caso de los cuadernos de las coimas, solo hubo un periodista “de raza” en el equipo, los demás eran especialistas en tecnología o en investigación. Haddad por su parte comenta que Infobae fue el primer medio en contratar un piloto de drones, hace ya varios años.
Hoy las preocupaciones son distintas a las de hace 30 años: “nos preocupamos sobre el SEO (posicionamiento en buscadores), en la información que podemos sacar de las métricas sobre nuestros usuarios” afirma Haddad. La contratación de personal con relación a la web, a los datos, a las redes, crece y crece: en La Nación “donde está el archivo, ahora funciona el equipo de producción de YouTube”, nos cuenta Del Rio.
Los tres destacan un punto importante: dentro de la creciente producción de contenidos por todos lados, más que nada en la redes (“que pueden llegar a servir a los mismos periodistas como herramienta de búsqueda”, dice el fundador del portal Infobae), los medios toman una función tanto poderosa como importante para la sociedad: la de legitimar y ampliar la información que da vueltas por las redes, solamente pensemos en las fake news como caso excelente para entender esto.
“Lo único constante es el cambio”, reflexiona Daniel Haddad, “hoy la gente le presta atención a las pantallas”. Él propone una mirada algo motivadora, algo desafiante: competir. En esta búsqueda por la atención del usuario, “si la gente lee pocos libros, ¡hagámoslos interactivos!”, “si los alumnos usan en clase el celular, que no tengan la obligación de guardarlos, que la profesora compita contra estos aparatos”, hay una atención basada en lo que atraiga al usuario, si nosotros la satisfacemos, la tendremos, si, por ejemplo, aburrimos, no, se irán, scrolearán, pasarán.
El hombre que estaba sentado en una confitería (quizá en traje) un sábado a la mañana, tenía una conexión latente, algo onírica, con los mojes del siglo IV, esos que empezaron a leer para sí, en silencio. También tenía algo del cavernícola que escribía y leía la piedra para saber cuánta comida tenía o necesitaba. Hoy Gutenberg y ése hombre se desvanecen, un viento fuerte los borra de la existencia día tras día.

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